domingo, junio 30, 2013

Asimov y Narciso hablan de política y de lo nuestro

Existe un viejo relato de ciencia ficción del maestro Asimov llamado "Cordura" en el que un pobre hombre, un ciudadano de a pie, encuentra, casi por casualidad, el motivo por el que su futurista sociedad funciona de mala manera. 
Así, llegando a alguna información clasificada, el tipo descubre que la economía funciona a ciclos porque hay una ministra ciclotímica pilotándola, que el ejercito es furiosamente represivo porque lo encabeza un comandante en jefe profundamente sociopático o que los servicios secretos ven enemigos del Estado en todas partes porque tienen al frente a un paranoide con manía persecutoria.
El buen hombre lo dice en alto y, como no podía ser de otra manera, es detenido y llevado ante el poder. Cuando demuestra sus afirmaciones con datos, el presidente mundial sonríe y le hace una pregunta
- ¿No se le ha ocurrido pensar que ha confundido causa y efecto?
Y ante la estupefacción del pobre ciudadano le explica que no es que la economía funcione a ciclos por culpa de la ciclotimia de la ministra es que se busca ministras ciclotímicas para que la economía siempre funcione a ciclos y se buscan paranoides para que los servicios secretos encuentren constantemente enemigos del Estado.
- La humanidad ya no puede vivir sin la locura. Se ha acostumbrado a los ritmos que esta impone. Se ha desarrollado sobre ella -le dice el presidente al hombre que, derrotado completamente, se deja arrastrar hacia su encierro- No se sienta mal. Usted no está loco. Lo estamos nosotros. Por eso ahora encerramos a los cuerdos.
Así acaba el relato que en realidad más que de ciencia ficción es de anticipación. Porque algo muy parecido nos está pasando a nosotros.
Dicen que uno de cada cien orgullosos miembros de  nuestra sociedad es narcisista psiquiátricamente hablando. Y cuando digo nuestra me refiero a ese Occidente Atlántico que consideramos civilizado más allá de toda duda razonable, no solamente a nuestras fronteras, que ahora padecen tantos acosos sociales que nos resulta muy difícil centrar nuestra atención más allá de ellas.
Pues bien, ¿qué es un narcisista?
Los expertos dicen que alguien que experimenta “muestras ubicuas de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía”. Y da miedo, realmente da miedo, porque en esa descripción nos entran todos los políticos occidentales atlánticos.
Personajes que defienden que van a trasformar la Educación Española en un año llevándola al nivel que no ha tenido en 20 años, individuos que hablan de conducir a su nación sojuzgada por el españolismo a la grandeza y la independencia, portavoces que hablas de lograr con una sola ley el nivel de igualdad que los siglos han negado a ambos sexos, ministros que consideran un agravio insoportable que les abucheen, parlamentarios que creen que manifestarse contra ellos es atacar la esencia del Estado, que recordarles sus vergüenzas en público y en privado es ser un totalitario nazi fascista.  
Toda suerte de seres y estares que precisan de la grandiosidad para hacerse respetar, para darse a conocer, para justificar su existencia y posición.
Partidos políticos que gastan lo que el país no tiene en congresos faraónicos en Galicia o Valencia, en reuniones ejecutivas en hoteles de cinco estrellas en Cascais. Alcaldes que dilapidan caudales municipales en fastos papales o en despliegues de candidaturas cuando el Comité Olímpico ya les ha dicho dos veces que su ciudad no está preparada para unos Juegos Olímpicos.
Candidatos que en lugar de intentar convencer a la población se rodean de afines para darse un baño de admiración y multitudes; presidentas autonómicas que encumbran a aduladores, familiares y amigos solamente para escuchar el sonido de sus voces diciéndoles lo bien que lo hacen en lugar de buscar asesores preparados que detecten y corrijan los fallos de su política. 
Ministros de Hacienda que preparan una sola frase acusatoria sarcástica como contestación arrojadiza a los que les acusan de haber hacho mal las cosas y luego esperan impertérritos el aplauso y los vítores de su bancada con una sonrisa de soberbia torciéndoles el gesto.
Y de la falta de empatía ya ni hablamos.
Ministras de Sanidad que ignoran la desesperación de los ilegales, los dependientes, los enfermos crónicos, en aras de mantener sus propias decisiones; ministros de Educación que anteponen sus criterio al de toda la comunidad educativa, los expertos en sociología de la educación y quien sea para lograr tener razón; presidentes del gobierno que ignoran el sufrimiento de los parados y les retiran los subsidios, que son incapaces de imaginar como se siente una familia desahuciada y se niegan a modificar la legislación hipotecaria; diputadas que mandan a joderse a todos los parados del país; líderes empresariales que exigen aceptar el servilismo por menos dinero mientras se llenan los bolsillos con quiebras fraudulentas.
Da miedo. Realmente, da miedo y repugnancia pensar que ese uno por ciento de narcisistas se haya acumulado en las filas de la función política de esa manera.


Es entonces cuando, recordando el relato del bueno de Isaac, el corazón se te encoge de terror.

¿Y si hemos confundido la causa con el efecto?
Porque nuestra sociedad occidental atlántica lleva siglos viviendo de la grandiosidad. Haciendo declaraciones grandilocuentes en la que se nombra a sí misma la más evolucionada, la más desarrollada; firmando documentos en los que estipula que el ideal para todos los demás es lo que nosotros somos. Papeles en los que mostramos una chirriante condescendía con todos aquellos que no son como nosotros hemos decidido ser, considerándoles subdesarrollados, en vías de desarrollo o emergentes.
Porque mantenemos instituciones que pretenden obligar a todos a seguir los parámetros económicos que hemos seguido nosotros aunque nos hayan llevado al desastre; porque rechazamos toda organización, toda cultura y toda ideología que no coloque nuestros puntos de vista en un altar y se arrodille a adorarlos como si fueran la palabra revelada de un dios menor.
Y no solamente en los niveles oficiales. Centenares de organizaciones y estructuras sociales hacen lo mismo. 
Pretenden analizar a las mujeres de allende nuestra cultura a través de los prejuicios que ni siquiera han logrado imponer dentro del espacio del imperio; intentan estudiar la situación de los niños de otros continentes utilizando parámetros que solamente son aplicables en nuestra sociedad e ignorando las circunstancias en las que ellos viven, quieren resolver situaciones que no comprenden utilizando soluciones que parten de nuestros constructos occidentales y que no tienen en cuenta lo que piensa el resto del mundo.
Y dentro es mucho peor. Estructuras religiosas que intentan colar como universal una moral que solo es suya, organizaciones que pretenden representar a quien no representan y dan por sentados derechos que no existen o la necesidad de anteponer sus derechos a los de otros que ni siquiera tienen la posibilidad de defenderse.
Ideólogos de barra de bar e ideólogas de mesa de café que se declaran superiores culturalmente a civilizaciones que tienen seiscientos años de existencia cuando no son capaces ni siquiera de escribir con "v" la cerveza que se toman ni de poner la tilde en el café que beben.
Políticos que tienen la osadía de calificar de mediocre a un universitario capaz de resolver en un cuarto de hora una ecuación diferencial no balanceada mientras ellos son incapaces de redactar de forma legible sus páginas web.
Organizaciones que carecen de la empatía suficiente como para darse cuenta de la situación de conjunto como para ceder ni un ápice en sus reivindicaciones parciales en aras del bien general, como para reconocer los errores que comenten y los que están cometiendo dentro de la sociedad aquellos y aquellas a las que dicen representar. 
Puede que los objetivos y las motivaciones sean diferentes. Puede que unos busquen el propio beneficio y otros crean que trabajan por la justicia. Pero el vicio y la locura son los mismos. Solamente son capaces de mirarse a sí mismos.
Y todavía te sientes más como el personaje de Asimov cuando te das cuenta de que a nivel personal funciona así.
Dicen los psiquiatras que un narcisista es "una persona absorta en sí misma, convencida de su propia importancia más allá de toda duda razonable y con una necesidad patológica de recibir muestras de admiración y toda clase de atenciones de los demás".
La definición debería hacernos temblar las carnes.
Nuestra vida es así. Cualquier problema nuestro nos absorbe, nos resulta mucho más importante que el sufrimiento general que nos rodea. 
Nuestra necesidad de una nómina nos hace ignorar que miles y millones de personas la están perdiendo a nuestro alrededor por la injusticia, vivimos con la mirada centrada en nuestros ombligos ignorando todo lo demás.
Ignorando el problema de la educación pública si llevamos a los niños a un colegio privado, ignorando el problema de las becas si no nos afecta, de la dependencia si no somos dependientes, del paro si tenemos trabajo, de las pensiones si no tenemos 65 años, de la sanidad si no somos inmigrantes o tenemos un seguro privado.
Para nosotros lo único importante es lo nuestro, lo que nos afecta y todo lo demás es irrelevante. Puede que teóricamente reconozcamos que es injusto, pero nos resulta irrelevante a la hora de marcar nuestras decisiones y nuestras actuaciones, llevándolo incluso a los niveles más íntimos y personales.
Nuestra necesidad de reconocimiento es tan patéticamente patológica que si no la recibimos nos agarramos a ese constructo inventado por la autoayuda llamado autoafirmación.
Tras cada "estoy estupenda", cada "soy la leche", cada "soy la caña" o cada "yo me lo merezco", "él o ella se lo pierde" hay una neurona que nos impide analizar nuestras carencias, una sinapsis que nos bloquea el camino a reconocer nuestros posibles errores, una conexión neuronal que nos arroja al narcisismo. Nos impide pensar en contra nuestra y a favor de todos los demás.
Vivimos exclusivamente pendientes de nuestras necesidades. Creemos saber perfectamente lo que queremos de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros amores y nos enfadamos y frustramos sino lo recibimos continuamente y por completo. Pero no dedicamos ni un segundo a analizar lo que necesitan de nosotros y si les estamos correspondiendo para equilibrar nuestras exigencias. Queremos que nos amen, que nos quieran, pero no nos preocupamos de amar, de querer.
Vamos a nuestros trabajos deseando el reconocimiento que no nos dan pero no nos preocupamos de dárselo a los compañeros que también se lo merecen. Nos arrojamos a la caza los viernes por la noche para buscar el placer que precisamos y luego nos quejamos si no lo obtenemos plenamente en el coito elegido, sin pararnos a pensar que nosotros no hemos hecho tampoco nada por dárselo al otro o la otra, asumiendo que en los polvos fugaces esa no es nuestra tarea.
Afortunadamente, no hemos llegado al nivel del relato de Asimov. Todavía hay gentes que, en lo social y lo personal, no han desarrollado la locura, esa obsesión de regodearse en su propia imagen o al menos la mantienen bajo control y no la anteponen a todo lo demás.
Las mareas de todo color reivindicativo, los que luchan por las casas y la dignidad de otros, los estudiantes que se enfrentan al poder por los derechos de todos aunque sus notas les den de sobra para una beca, los que se arriesgan a perder el trabajo por defender a los que ya lo han perdido, aquellos y aquellas que tratan de parar y no vencer en la lucha de sexos y lograr el entendimiento entre ambos, los que intentan ver con sus propios ojos y su propia cultura a aquellos que no entendemos y buscan hallar un punto de encuentro con ellos. Todos son la esperanza para romper esa tendencia narcisista que nos está matando de complacencia y de miedo. 
Aún son demasiados como para encerrarlos en un olvidadero y seguir a lo nuestro, extasiados en la contemplación de nuestro propio reflejo hasta que nos arrojemos a él y nos ahoguemos como el mito clásico.
Aún tenemos la posibilidad de elegir su camino: de dejar de pensar "qué haría yo si fuera el otro" y pesar simplemente "por qué hace él otro lo que hace siendo él". O sea la más pura y simple de las empatías.
Si no lo hacemos, daremos la razón al porcentaje de narcisismo patológico que usan los expertos. Será completamente cierto que el narcisismo afecta de forma irreversible al menos a un uno por ciento. Al menos a un uno por ciento de las sociedades de La Tierra . A la nuestra. 
Aún podemos evitar que el relato del maestro de la anticipación cambie de género, se convertirá en novela realista pura y dura y no veamos obligados a encerrar a los cuerdos para que nos recuerden nuestra propia locura.

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