domingo, enero 26, 2014

Lo siento, no soy de infraestructuras.

infraestructura.
1. f. Parte de una construcción que está bajo el nivel del suelo.
2. f. Conjunto de elementos o servicios que se consideran necesarios para la creación y funcionamiento de una organización cualquiera.
Vale, no es la forma más poética y literaria de comenzar un post pero es lo que hay.
¿A que viene tirar de definición de la Real Academia de la Lengua sobre concepto tan marxista para empezar una entrada de estas endemoniadas lineas?
Pues muy simple. Me he dado cuenta de que yo no soy de infraestructuras.
Todo esto viene al caso porque en una conversación, una de esas charlas que se tienen entre cañas y que te descubren cosas cuando tu interlocutor -o interlocutora- luce la inteligencia y la sensibilidad que tan poco de moda están en nuestros tiempos en las charlas de bar, alguien me dijo que la gente, que nosotros, nos quedamos donde estamos, mentimos, engañamos, traicionamos y nos conformamos por "mantener la infraestructura".
Dados mis orígenes ideológicos desechados hace tiempo me costó entender qué diantres tenía que ver la organización marxista de la sociedad con el asunto. Intenté relacionar la propiedad de los medios de producción con los adulterios, la circulación y tenencia del capital inicial con las delaciones, las adulaciones y las puñaladas laborales por la espalda y, claro, mis cejas se arquearon.
Engels y el bueno de Don Carlos seguro que hubieran estado más rápidos, pero la cerveza y la hora no acudieron en mi ayuda.
Pero al final no era eso. Era algo mucho más nuestro, mucho más occidental atlántico: miedo y comodidad, egoísmo e incapacidad de asumir el riesgo. Era lo de siempre.
De modo que tanta liberación sexual, tanta civilización, tanta sociedad de derechos para retornar al punto de partida del que parece que no nos hemos alejado nunca.
Ahora lo suyo es "mantener la infraestructura". 
Te buscas una "churri" tras otra en Badoo en lugar de cambiar de pareja cuando no la amas para no perder la hipoteca y la cena en la mesa; te agencias un "maromo" de Meetic y hostal de tres al cuarto para no afrontar sola el alquiler, mantener al quien te sirve de porteador de altura para cargar con la compra en la escalera ni tener que hacer sola la toilette de los críos.
Eso es "mantener la infraestructura".
Como lo es hacer genuflexiones ante el jefe que putea, soberbio e inmisericorde, a todos los demás, como lo es actuar de delator, de correveidile, de soguillas y de escaqueador profesional para poder mantener el sueldo a fin de mes, la nómina.
Todo por mantener la infraestructura.
Y la pregunta posterior, la pregunta que se impone cuando descubres esa nueva aplicación del concepto marxista tan usado, es tan obvia como inevitable:
¿Y el otro? ¿Y sus necesidades, deseos y dolores?
Pero, claro, el otro no existe. En nuestro mundo occidental atlántico el otro no es referencia, no tiene rostro. Aunque digamos que le queremos, aunque finjamos que nos interesa o nos importa, el otro no es nada salvo el satélite que hacemos girar al ritmo de nuestra propia gravedad planetaria mientras nos conviene y que expulsamos de nuestra órbita cuando nos resulta conveniente.
De modo que no saber freír un huevo nos concede patente de corso para mentir, traicionar y hacer sufrir
De manera que no saber montar los muebles del Ikea da carta de naturaleza a nuestros engaños, deslealtades y puñaladas dolorosas.
De forma que no llegar a fin de mes nos otorga licencia para permitir que nos mientan, traicionen y nos hagan sufrir.
De suerte que no saber poner la lavadora da condición de derecho a nuestra cobardía, nuestras renuncias y nuestros silencios cómplices de un daño realizado contra nosotros mismos.
Y así, como el televisivo alienígena de peluche televisivo de los años 90, me pregunto ¿mantener la infraestructura?, ¡curioso concepto!, ¿de donde proviene?
Y me veo obligado a tirar de la segunda definición del diccionario: 
"Conjunto de elementos o servicios que se consideran necesarios para la creación y funcionamiento de una organización cualquiera".
Si consideramos eso de ser juntos, de intentar vivir dos vidas en una, una organización cualquiera -aunque con una tendencia elevada a la desorganización, todo sea dicho- la cosa tampoco termina de cuadrarme.
Porque aunque nuestro individualismo aciago, nuestro egoísmo atávico y nuestro mercantilismo recurrente nos impidan aceptarlo, la casa, la hipoteca, el coche, los fines de semana de esquí y la casa en la playa no son los elementos necesarios para esa organización en concreto.
Porque eso es más bien en todo lo contrario: la superestructura.
Pero nos negamos a verlo. Nos negamos a aceptar que la casa no es el elemento sino que lo es el apoyo y la complicidad que nos hace llenarla, que el depósito que hay que mantener lleno no es el de la gasolina o el del gasóleo de la calefacción si no el de la confianza que nos permita saber lo que somos, lo que fuimos y lo que queremos seguir siendo.
Nos negamos a reconocer que los servicios requeridos para el mantenimiento de esa organización no es hacer la cena, es estar cuando hace falta reír o cuando es necesario consolar, no es hacer la compra, sino hacer reír y sentir; no es pagar la mitad de la hipoteca, es ser la mitad que el otro necesita, cuando la necesita e intentar serlo siempre que el otro la necesita.
Y por supuesto no es el polvo seguro cuando nos fallan todos los intentos virtuales de tener otro. Es el sexo que nos comunica que somos deseados y amados y en el que intentamos comunicar lo mismo.
Pero eso es demasiado para nosotros- hijos bastardos y orgullosos  del Yo, Me, Mi, Conmigo- Eso no puede ser la infraestructura de una pareja porque exige esfuerzo y dedicación; esos no pueden ser los "elementos y servicios necesarios" para una "organización afectiva" porque implican responsabilidad y sobre todo anteponer, aunque sea un poco, aunque sea solo en ocasiones, al otro a nosotros mismos.
Y nosotros no estamos para eso. Nuestro egoísmo no está para eso. Nuestro individualismo entendido de mala manera no está para eso.
Así que lo cambiamos todo. Decidimos hacerlo y decidimos aguantarlo como hemos equivocado adrede los parámetros de lo imprescindible y lo esencial por lo superfluo y lo banal. 
Hemos cambiado una vez más -y ya hemos perdido la cuenta- la supervivencia por la dignidad, la seguridad por la vida.
Y así actuamos como polizones en nuestras propias naves afectivas, intentando beneficiarnos de ellas sin arrimar el hombro para mantenerlas a flote, queriendo atracarnos en sus sentinas sin arriesgarnos a colgarnos de sus jarcias para trabajar en el velamen que las posibilita seguir navegando.
Y cuando hacen aguas y se hunden por los propios hachazos que nosotros les hemos dado bajo la linea de flotación, encima nos encogemos de hombros y decimos: "es lógico. Tenía que pasar".
Y todo por negar la mayor, la primera definición de infraestructura: "Parte de una construcción que está bajo el nivel del suelo".
Porque lo que está ocultando este nuevo y falso marxismo afectivo de "mantener la infraestructura" es el hecho de que lo que está por debajo del nivel de suelo, lo que sustenta esa organización en concreto llamada pareja no es nada de todo lo material, de todo lo que se puede cuantificar, sumar restar y en el peor de los casos dividir.
Es una palabra que nos da tanto miedo que ya ni pronunciamos, que sustituimos por iconos y eufemismos como si pudiera contagiarnos solo con pronunciarla. Es amor, simple y llanamente amor.
Y no es retórica poética o teoría romántica. Es lo único que puede salvarnos la vida.
Vaya, pues resulta que al final si soy de infraestructura,aunque la mía es ligeramente diferente de la de aquellos y aquellas que se empeñan en "mantener la infraestructura".

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