sábado, diciembre 14, 2013

El no muy noble arte de "Dar la Chapa".

Dijo alguien que la moda es la última piel de la civilización –bueno, no fue alguien, fue Pablo Picasso-. 
Pues la última piel de la que parecen haberse revestido aquellos que ejercen el poder o simplemente viven en el sueño de ejercerlo, desde los gobiernos hasta las jefaturas, desde los cargos, carguitos y carguetes hasta en muchas ocasiones nosotros mismos, es la recuperación de una vieja actividad humana. 
Cuando nuestros abuelos controlaban el diccionario se llamaba martillear, machacar o "meterse en camisas de once varas". En ese lenguaje apenas inteligible de políticos y ejecutivos de medio pelo se llama incidir, hacer hincapié o reiterar –ya sabemos que los abuelos octogenarios y los políticos incapaces nunca llaman a las cosas con un solo nombre-. 
Y en el nuevo léxico del correo electrónico, la firma con iniciales y el mensaje apocopado se conoce como dar la chapa. 
Y, ¿en qué consiste el viejo y no muy noble arte de dar la chapa? 
Pues muy sencillo. Es el remedo moderno de las tablas de la ley mosaica, de los textos proféticos, del código de Ammurabi. Del manual de Formación del Espíritu Nacional. 
Quienes se esmeran en el perverso arte de dar la chapa entran sin pedir permiso en la vida y la hacienda de otros suponiendo que tienen esa potestad porque antes de ellos fue la nada y después de ellos será el diluvio. 
Dar la chapa es ordenar hacer cosas que ya se están haciendo como si el chapeador –que no chapista y mucho menos chapero, no nos confundamos- fuera el único que las conoce, De hecho, fuera quien las ha inventado. 
Es confundir la condición humana que nos hace errar a veces con la miseria inhumana en su egoísmo de abocarnos voluntariamente al vicio de la desidia y la incapacidad. 
Dar la chapa es no tener en cuenta las circunstancias de los actos de otros para juzgarlos, para valorarlos, y pontificar sobre ellos cuando no se conocen esas circunstancias, cuando no se ha hecho ni se tiene intención de hacer el más mínimo esfuerzo por saber las realidades que rodean esos actos antes de ponerte a valorarlos. 
Dar la chapa es intentar volver a lo pasado cuando ya ha sido superado en tu ausencia. No preguntar por qué se hacen las cosas de una manera antes de exigir que se hagan de otra, pretender que nada ni nadie puede evolucionar hacia mejor cuando tú no estás presente, cuando tú no les has dado permiso para ello. 
Es intentar recuperar lo que ya se ha mejorado, resucitar lo que ya ha muerto. Es la inconsciencia infinita de pretender que repetir una y otra vez los mismos actos puede producir efectos diferentes. 
Es aferrarse a lo que tú quieres que se haga aunque ya se haya hecho y ya haya fracasado varias veces. 
Y en su intento de convertirse en dioses, profetas mesiánicos y salvadores de sus entornos, los dadores de chapas se empeñan en tratar a aquellos a los que se dirigen como si no se hubieran ganado ni merecieran respeto. 
Tratan a los ciudadanos como siervos, a los amantes como esclavos, a los profesionales como niños de guardería. A las personas libres como portadores de un pijama de rayas en Mauthausen. 
Porque dar la chapa es ignorar los derechos, el amor, la experiencia profesional o cualquier otro valor que puedan tener los demás en aras de engrandecer ante el espejo tu propio ego.
Lo único que busca el dador de chapas es que aquellos que, por interés, falsa amistad o incapacidad para ver la realidad de su naturaleza, están vinculados a él le aplaudan con las orejas, le hagan genuflexiones por salvar el mundo, le contesten con olés toreros a cada humillación y cada falta de respeto que inflige a los otros.
El ego de aquel - o aquella- que ha decidido dar la chapa no puede alimentarse de sus actos porque no actúa, no lo hace de frente y no se enfrenta a quien debe enfrentarse. Es tan cobarde que no se atreve a hacerlo.
No puede alimentarse de sus capacidades porque carece de ellas y, por pura lógica aritmética, las capacidades conjuntas de aquellos a los que destina su chapa le superan en una proporción de cien a uno. 
El ego del dador de chapas solo puede alimentarse de la adulación y la destrucción sistemática de los éxitos y capacidades de los demás. Por eso tiene que dar la chapa.
Porque aquellos que han recuperado este proceloso y cansino rito, como predicadores medievales invocando las cruzadas o santones rastafaris llamando en el Speaker´s corner a la contrición por el fin de los días, dirán que buscan una España mejor, un entorno de trabajo más profesional, una relación más satisfactoria o cualquier otra cosa, pero en realidad sus objetivos son otros y son tan claros que es necesario contemplarlos con unas gafas de sol polarizadas para que no deslumbren.
Dar la chapa es intentar exponer las supuestas vergüenzas de otros para que nadie tenga tiempo de mirar en la dirección en la que las tuyas se muestran en un escaparate infinito e iluminado que no te deja posibilidad alguna de redención; es dejar a otros con las nalgas aireadas mostrando sus inventados errores para que nadie pueda darse cuenta de que los errores y carencias reales provienen de ti. 
Dar la chapa es meterte a desbrozar el cuidado jardín del vecino con la excusa de una mala hierba ínfima que acaba de brotar mientras el patio trasero de tu casa está tan lleno de mierda que aparece en los manuales de psiquiatría como epítome del Síndrome de Diógenes.
Y dar la chapa es colocar a otros en el disparadero para beneficiar a los tuyos, a tu corte, a tu Guardia de Corps, que ya ha cometido esos errores antes, pero que, como te trata como a un dios, crees que merece beneficiarse a costa de los derechos de todos u ocupar un puesto que otros se están ganando con esfuerzo.
Pero los chapeadores, como saben lo que están haciendo y como saben que no tienen derecho, potestad, ni legitimación para hacerlo, se escudan en el secreto, en el compadreo, en la intimidad, para intentarlo.
Puede que utilicen la cortina de humo de lo necesario o del "buenrollismo" -algo también muy de moda en estos tiempos-. para hacerlo. Puede que tiren del "esto que quede entre nosotros" o del "entre tú y yo" o incluso del más político "esta es una decisión que corresponde a la soberanía interna de cada Estado".
Pero en realidad no es eso.
Lo que ocultan, lo que intentan, es que aquellos que realmente tienen poder, potestad y legitimidad para tomar las decisiones que ellos pretenden imponer les enmienden la plana, les pregunten airados "¿qué haces metiendo las narices en aquello que no es tú negociado?", les expongan en toda su miseria e inutilidad y les digan lo que un dador de chapas más teme escuchar: 
"Tú no eres nadie para tocar a mi gente". "Tú no eres nadie para imponer esas normas o pretender que tienes razón en todo". "Tú no eres nadie".
Y luego, encima, como si lo hicieran por tu bien y no por el suyo, como si fuera necesario, piden disculpas por hacerlo. Por dar la chapa.
Sí tienes que pedir disculpas ¿no sería mejor no haberlo hecho?
Como diría el loco de Nazaret: quien tenga oídos para oír que oiga.
Y si no lo entienden que me manden un mail.
Besitos.
Gerardo B.

1 comentario:

La Madre Superiora dijo...

Y cuán catástrofe natural arrasarlo todo y destrozar aquello por lo que se ha luchado y trabajado, para que después de ver las consecuencias decir "joooo, no lo sabía"

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