domingo, julio 07, 2013

70.000 euros o la mezquindad estatal del mecenazgo

Hay un relato de ficción basado en la vida de Miguel Ángel en el cual, cuando Julio II vuelve de sus guerras y se encuentra con lo que ha hecho el bueno de Miguel Ángel Buonarotti con su Capilla Sixtina monta en cólera. No tanto porque las figuras sacras luzcan en unas porretas primigenias nada decorosas -que también-, sino porque el irascible genio ha agotado los capitales asignados a tal efecto y aún no iba ni por la mitad.
El artista le da entonces la idea de que recoja dinero entre los príncipes y ricos nobles del entorno y Julio II monta aún mas en cólera y le responde  "Sí otros han de pagar la magnificencia del Palacio de Dios, este no demostrará la grandeza del Altísimo sino la de aquellos que sufragan la obra. Dios y su vicario no pueden depender de la grandeza o la mezquindad de los hombres".
¿Que a qué viene este momento de sacra regresión renacentista? Pues muy sencillo. Viene a colación porque, por lo que se ve, un papa despótico y belicoso que llevaba más tiempo la armadura que la mitra parece entender mucho mejor el concepto de Estado y de gobierno que aquellos que están intentando imponernos desde Moncloa el diseño de futuro miserable que han dibujado para nosotros. 
Claro que el pontífice guerrero debió leer bastante más a Maquiavelo que nuestros gobernantes genovitas.
Porque ha habido alguien anónimo que ha decidido utilizar 70.000 euros en pagar matrículas de estudiantes universitarios que tenían derecho a becas pero que las han perdido por mor de esa furia recortadora del gobierno y del ministro Wert.
Y esta acción, esta circunstancia, nos demuestra los dos lados, las dos facetas enfrentadas, de la realidad que estamos viviendo. Nos coloca ante la irresponsabilidad y el compromiso. Nos expone, como diría el bueno de Julio II, la grandeza y la mezquindad.
La grandeza de alguien que ha puesto sus recursos al servicio de quien carece de ellos, la capacidad de compromiso de alguien desconocido y poco reconocible en esta sociedad nuestra que ha hecho del impulso egótico y el narcisismo el más riguroso de los axiomas de existencia.
Más allá de la cantidad o del modo, demuestra la grandeza de aquellos que no están dispuestos a tolerar la pérdida de lo que todos tenemos aunque tengan que tirar de lo propio para salvar lo de otros.
Da igual que sea un mecenas anónimo que tira de cuenta corriente millonaria, o un ciudadano normal que dedica los 60 euros al mes que no le sobran para pagar tasas judiciales en los recursos de otros contra los desahucios que les dejan sin futuro, o un profesional sanitario que renuncia a semanas de sueldo para mantener una huelga que busca el beneficio de los pacientes, o una profesora de infantil o una cuidadora de comedor que reduce las raciones de los suyos para poder llevar comida al comedor para aquellos niños de su centro cuyos padres ya no pueden ni llenarles la tartera.
Nos muestra que esa grandeza, que en realidad no lo es sino que es básicamente la condición que ha de permitirnos reconocernos como humanos, es el camino que tenemos que seguir y que estamos como estamos porque la mayoría de nosotros no hemos puesto jamás un pie en él. 
Dedicamos los 70.000 euros a inversiones especulativas en busca de otros 70.000 con los que repetiremos el ciclo; usamos los 60 que nos sobran en un bolso de moda, un juego de playstation.
Nos saciamos de comida para eludir nuestros problemas en lugar de enfrentarnos a ellos, destinamos recursos a gimnasios, spas y clínicas estéticas porque queremos estar perfectos para entrar en el bikini o lucir pectoral piscinero; gastamos en el último teléfono 4G o en el trigésimo tercer par de zapatos o en el artilugio electrónico más moderno o en  reservar un entorno idílico para poder fingir ante nosotros mismos y ante nuestros recuerdos que la hora de sudoroso ejercicio y los 3,5 segundos de orgasmo son algo diferente, algo digno de recordar.
Esos 70.000 euros nos recuerdan el camino que debemos seguir, aunque sea arriesgado, aunque no nos resulte provechoso a nosotros como individuos y nuestras necesidades. Pero también nos muestran el camino de mezquindad que han emprendido aquellos que no pueden permitirse ese lujo, que no tienen ese derecho: los gobernantes.
Ese mecenas invisible nos envía el mensaje de que el gobierno moncloita está diseñando una sociedad que nos arrojará irremisiblemente a la península itálica del Renacimiento, que nos obligará a coger nuestra inteligencia y nuestra capacidad e ir de puerta en puerta de los que tienen dinero y recursos en la esperanza de que alguno de ellos tenga la suficiente amplitud de miras como para sufragarnos el futuro.
Un futuro que nos forzará a servir de mercenarios en nuestros descubrimientos, nuestras investigaciones y nuestra ciencia a aquellos que crean que esos saberes les pueden beneficiar de algún modo.
Que se de esa situación nos transforma en mendigos, en seres dependientes para su futuro de aquellos que por compromiso o por beneficio propio nos puedan ayudar, mientras nuestro gobierno gasta lo que no tiene en comprar y arreglar submarinos militares y rescatar entidades bancarias, que luego le niegan el crédito a las empresas y no dan ni un gramo de árnica a los hipotecados.
Un gobierno que demuestra tener menos sentido del Estado que un papa furioso de hace cinco siglos. Porque está dispuesto a gastar en sacerdotes, en militares, en auto promoción, en propaganda, mientras deja a la misericordia, la caridad y la grandeza de otros lo verdaderamente necesario, desde las becas a los medicamentos, desde las ayuda a la dependencia hasta los comedores o los transportes escolares. 
Nos devuelve a los tiempos en los que las guerras de Julio II le impedían terminar la Sixtina o en los que los banquetes se sucedían noche tras noche en Versalles para agasajar a aquellos que mantenían al monarca en el poder con el dinero necesario para abaratar el pan o para parar las constantes epidemias que asolaban, como olas furiosas de un mar de miseria, las calles de París.
Esos 70.000 euros demuestran que la grandeza de un gobierno no está en lo inmensa que sea la bandera rojigualda que hace hondear, ni en las veces que repita la palabra España en sus discursos, ni en las fotos que consiga hacerse con los líderes mundiales dándole palmaditas en la espalda, ni en lo bien que cumpla las órdenes que le llegan de Berlín o de La Troika. 
Reside únicamente en la capacidad que tenga de anteponer las necesidades de sus ciudadanos a su visión ideológica y personal del mundo y su país.
Esos 70.000 euros nos demuestran que nuestra grandeza no está en lucir un cuerpo perfecto, en mantenernos jóvenes, en hacernos con el modelo más explosivo o el móvil más avanzado. Que nuestra grandeza está en renunciar a todo eso -y a muchas cosas más- para arriesgarnos por otros aunque no tengamos ganas de ello. Que nuestra mezquindad radica en escapar de la situación, en escondernos de ella, en pretender sobrevivir y prosperar, ignorando la miseria de todos los demás y contribuyendo a ella con nuestra pasividad.
En fin, parafraseando al papa de Miguel Ángel, ese mecenas anónimo nos demuestra que nuestro futuro no puede depender de la grandeza o la mezquindad de los gobiernos.
Grandeza o mezquindad, solidaridad o egoísmo, justicia o caridad. El dilema de siempre.
Ya estemos en 1510 o en 2013; ya hablemos de la Bóveda Sixtina o de las becas, ya seamos Julio II o Mariano Rajoy Bey. Ya seamos Buonarotti o cualquiera de nosotros.

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