jueves, marzo 22, 2012

El silencio de la víctima o la mordaza de los números


Que hay determinadas ideologías que se llevan mal con los números es un hecho sabido, que la radicalidad de cualquier postura ideológica tiene en las matemáticas su enemigo frontal es algo que cualquiera que piense da por sentado de forma automática.
Pero hay casos en los que la constante elusión de la estadística, la huida hacia adelante escapando de los números es tan descarada, tan patéticamente infantil, que resulta necesario seguir ahondando en ella para que aquellos que la practican se sienten por fin en su pupitre, saquen punta a sus lápices y hagan las cuentas como deben hacerse.
Y uno de estos casos es el de las que se hacen llamar feministas que no lo son y niegan llamarse radicales, aunque es lo único que son.
Agotadas sus excusas en el número de denuncias ante una sociedad que cada vez reclama más información y más claridad se han visto obligadas a reconocer que estas están infladas, que existe un desajuste incomprensible entre el número de denuncias y el de sentencias y otro todavía más espectacular entre el número de sentencias y el número de condena en los juicios relacionados con esto que ellas han dado en llamar Violencia de Género y que ahora repiten con la boca un poco más pequeña del poder desinflado y la cobertura perdida como Violencia contra la mujer.
Hace dos años, por ejemplo, hubiera sido imposible que La directora de la Cátedra de Estudios de Mujeres de la Universidad de Córdoba, una abogada feminista y un fiscal de Violencia de Género hubieran admitido en un estudio para el Instituto de la Mujer que el 63 por ciento de las sentencias por denuncias de violencia de género son absolutorias.
De hecho hace muy poco ni siquiera se pasaba del número de denuncias como único factor para determinar la repercusión de ese concepto inventado y engrandecido en la sociedad. Denuncia era sinónimo de culpabilidad. Ahí acababa todo.
Pero la presión por la existencia de denuncias falsas -Uy, pido jurídico perdón, malintencionadas quise decir-, por la continua manipulación de un sistema judicial atrapado en una ley que todo el mundo sabe injusta pero que no se quiere modificar, les ha hecho ponerse a la defensiva.
Ahora reconocen que más de la mitad de los procesos, de hecho casi dos terceras partes, acaban en la absolución del procesado -y lo pongo en masculino porque siempre es hombre, en este caso no importa que haya paridad, según parece-.
Pero el nombre del estudio, "el silencio de las víctimas", ya nos deja entrever que no van a aceptar de buen grado el bofetón estadístico que la realidad acaba de darles en pleno rostro, que no van a poner la otra mejilla asumiendo lo que en realidad está pasando.
Inician su huida hacia adelante y afirman -como siempre sin datos y sin pruebas- que el motivo es porque las mujeres callan, no testifican en los juicios -es de suponer que por miedo- y eso obliga a los tribunales a poner en libertad a los maltratadores -que para ellas lo son simplemente porque una mujer ha dicho que lo son, no porque un tribunal lo haya sentenciado-.
Como les parece muy fuerte acusar al sesenta y tres por ciento de los juzgadores de este país, al sesenta y tres por ciento de los fiscales de ser machistas encubiertos que colaboran con la perpetuación del patriarcado, se inventan una razón: el miedo
Vuelven a insultar a las mujeres en toda su cara. Vuelven a escupirles en el rostro llamándolas cobardes, melindrosas, considerándolas aterrorizados pajarillos incapaces de defenderse y temblorosas de miedo ante el más mínimo bufido del temido y temible macho dominante. Muy feminista, ¿verdad?
Y por eso piden, ni más ni menos -agárrense que vienen curvas- que se modifique la Ley de Enjuiciamiento Criminal y que se obligue a las mujeres a testificar.
Pretenden que se pierda un derecho judicial para que a ellas les salgan las cuentas. Y además sin darse cuenta de que esa modificación no cambiar sustancialmente la balanza de condenas y absoluciones.
Porque los jueces no son como ellas, porque las juezas, aunque sean mujeres, necesitan algo más que escuchar a una mujer que ha sido maltratada para condenar a un acusado por maltrato. Porque la judicatura y el sistema judicial en su conjunto necesitan pruebas, indicios, informes y toda suerte de datos para dictar una sentencia condenatoria. Porque los tiempos artúricos han muerto y nunca existieron. Porque la palabra de nadie tiene ya valor de ley.
Pero en lugar de pensar que quizás las mujeres que no declaran no tienen su factor en el miedo sino en la imposibilidad de probar o directamente en la mentira, en el conocimiento de que su mentira en una denuncia no va a ser castigada per o su falso testimonio en un tribunal si puedo serlo, ellas se aferran a un mito doliente, a un victimismo eterno y se niegan a hacer las cuentas como está mandado.
Porque la explicación a esas absoluciones está en un puro ejercicio de matemáticas de curso introductorio a infantes de parvulario.
Pero por si somos de letras todos y todas y nos llevamos mal con los números empezaremos con un ejemplo. Algo sencillito.

"La Audiencia Provincial de Murcia ha desestimado el recurso que una mujer presentó contra la sentencia de un juzgado de lo Penal que condenó a su ex pareja por una falta de amenazas y no por un delito de amenazas en el ámbito familiar porque el móvil fue económico y no se produjo una situación de dominación del varón sobre la mujer.
La sentencia indica que el juez de lo Penal de Murcia declaró que el acusado acudió, en estado de embriaguez, al domicilio de unos amigos de la que había sido su pareja en la pedanía de El Palmar. Sabiendo que ésta se encontraba en el lugar, comenzó a golpear la puerta, «gritando, con intención de atemorizarla, y al tiempo que reclamaba la entrega de un vehículo, la insultó y profirió amenazas de muerte».
La sala, al desestimar el recurso, indica que «en el relato fáctico de la sentencia no se reseña que el acusado profiriese alguna expresión que pudiera proyectar desprecio o menosprecio a la dignidad de la mujer o que fuera indicativa de una posición de dominio»".

Aquí tenemos una absolución paradigmática de Violencia de género. El absuelto lo es porque no porque no haya proferido amenazas, no porque la mujer no haya denunciado -e incluso recurrido la sentencia absolutoria- sino porque simplemente sus actos no son constitutivos de Violencia de Género. Lo son de violencia, pero no de género, aunque la otra parte sea una mujer y sea su pareja.
Y el tipo no se ha ido de rositas, como quieren hacer ver con el recurso constante a la palabra "absolución". Ha sido absuelto de un delito que no cometió pero condenado por una falta que sí cometió.
Porque pelear o amenazar por dinero, por el coche, por drogas o por cualquier otra cosa que no sea porque consideras que ´tu pareja es de tu propiedad y puedes hacer con ella lo que quieras no es machismo, no es violencia de género. Y nada tiene que ver que la víctima sea una mujer. Los jueces están y estarán siempre en un sistema de derechos a tener en cuenta los móviles a la hora de definir los hechos delictivos.
El feminismo radical asentado en la praxis de la exclusión para sobrevivir y medrar no tiene por qué hacerlo, pero la judicatura sí.
Y aquí entran los números. Por fin entran los números.
En el año 2011 se produjeron 140.611 denuncias de malos tratos en España adscritas a la Ley de violencia de género. De ellas llegaron a proceso 96.000 -redondeando al alza, que tenemos euro y somos de letras-. Las que se perdieron en el camino -un gran número, por cierto-  fueron en un 78 por ciento archivadas por la fiscalía - o sea que no eran ciertas, vale, puede que no fuera falsas jurídicamente, pero no era ciertas- y solo un 22 por ciento retiradas voluntariamente. Así que empieza a desmontarse el mito del miedo como causa de la retirada de denuncias y de su desaparición antes de llegar a los juzgados. Algo de lo que no está hablando ahora, pero que siempre reaparece.
Centrémonos en las 96.000 que llegaron a juicio. De ellas 56.000 fueron absolutorias. Un 58 por ciento -algo menos que la media cordobesa en la que se basa ese ejercicio de literatura novecentista a lo Jean Eire disfrazado de informe profesional titulado "el silencio de las víctimas".
Pero aquí llega el viejo arte de cruzar cifras.
A la vez se han producido 43.000 condenas aproximadamente por faltas de insultos, amenazas y agresiones contra hombres en discusiones familiares. Si nos paramos y nos preguntamos cuántos nombres coincidirán en las dos listas, ¿qué creemos que deberíamos respondernos, teniendo en cuenta el ejemplo citado?
Pues que lo que ocurre es que son absueltos en realidad son condenados por lo que han hecho porque los jueces consideran que no todo insulto, no toda pelea, no toda amenaza o no toda agresión contra una mujer es un rasgo de machismo y un ejemplo de violencia de género aunque merezcan un castigo por recurrir a la violencia. Aunque esos castigos no sumen denuncias y réditos a las subvenciones que reciben desde los gobiernos y las instituciones europeas las adalides de la Violencia de Género universal. Mala suerte, chicas.
Y si además a eso le sumamos que en el mismo ejercicio judicial se produjeron 48.000 denuncias contra mujeres por idénticas faltas en idénticos ámbitos ¿a qué conclusión podemos llegar?
Podemos llegar a la del victimismo radical que mantiene que son denuncias falsas -esas sí son falsas aunque el Consejo General del Poder Judicial no lo digas- interpuestas para disimular el maltrato por pérfidos varones que son unos maltratadores sistemáticos y que han sido denunciados.
Si estuviéramos dispuestos a aceptar la direccionalidad de esa posibilidad -es decir, que las interpuestas por las mujeres se basaran en el mismo criterio- podría tenerse en cuenta, pero el caso es que 47.000 de esas denuncias acarrearon sentencias condenatorias por faltas de insultos, amenazas y agresión contralas mujeres denunciadas.
Así que la conclusión tiene un nombre y no se llama miedo, no se llama silencio de las víctimas: se llama simplemente pelea doméstica.
Se llama simplemente que hombres y mujeres en España tenemos un problema para amarnos que nos lleva a las manos y a los gritos muchas más veces de las que debería. Que debería ser ninguna, por cierto.
Así que el "silencio de las víctimas" se transforma en la violencia afectiva que no es de género, en la necesidad de decir de una vez que el machismo no es el motivo de toda discusión de pareja, de toda agresión o de toda falta de educación del hombre.
A la necesidad de cruzar los números y los datos antes de explicar algo que tiene toda la lógica del mundo: que aquel que no comete un delito de maltrato es absuelto de ello.
Los números hablan mucho más que las ideologías a la hora de definir una sociedad y de identificar sus males.
Y lo saben Por eso intentan amordazarlos constantemente para que no digan la verdad.

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